Rob y yo nos quedamos abismados con la imagen frente a nosotros. La habitación tiene la apariencia de un calabozo sexual. Hay cámaras dispuestas por doquier, como si se tratara de un set de filmación. También hay un proyector sobre una de las mesas, un cajón con cintas de video, álbumes de fotografías y una infinidad de juguetes sexuales de diversa índole.
―¿Crees que estén vivas?
Niego con la cabeza.
―No lo sé, Rob, pero están en muy mal estado.
Mi compañero suelta una maldición.
―Ese monstruo