La miré, luego me enfoqué en la carretera, ya ingresábamos a Ciénaga de Oro, estamos a veinte minutos de la finca. Le tomé la mano y ponía los cambios del carro con ella, mi enemigo seguía fuerte, espero con el tiempo pueda derribarlo, su inseguridad será mi mayor reto.
—¿Cuándo me enseñas a manejar?
—Cuando quieras.
—Pero no me vayas a regañar.
—Soy un buen profesor.
—Si como no, eres un histérico, te recuerdo que no tuviste paciencia para enseñarme a tocar guitarra.
—Es diferente, me dio cosa