No decía nada, y dejé que llorara la señora Samanta. En Estas situaciones no hay nada más que hacer. Si no permitir que el corazón descanse un poco por medio del llanto.
—¡Ay, Dylan! —Se alejó un poco, nos sentamos—. Parece mentira, me pidieron que fuera a la morgue a ver…
Volvió a llorar, el doctor le entregó un paquete de pañuelos higiénicos.
» Gracias, doctor.
—No debes ir tú, un amigo de la familia puede ir.
Comentó mirándome a mí y suplicándome que lo hiciera. Miré a la señora Samanta. Ray