Sonreí como pendejo, caminé hasta llegar a su lado y la besé como si mi vida dependiera de ello sin importar que estuviera mi suegra viendo.
—Te debo un anillo. —Nos despegamos para respirar.
—Gracias, por salvarme. —acuné su rostro, volví a besarla.
—Ya veo que sobro. —Me separé, saludé a la señora Olga—. ¡Anda mijo!, gracias por lo que hiciste por mi hija. —Sentí una palmada en el hombro—. Gracias, —miró a su hija—. Ya debo irme, regreso mañana, has preguntado tanto por él. —Al mirarla se s