Narra: Amelia
Cincuenta y cuatro segundos.
El parpadeo rojo fluorescente de la terminal portátil en la barra del bar se sentía como el tic-tac de un detonador neumático diseñado para demoler los cimientos de mi existencia. Las líneas de código de la cláusula de liquidación forzosa de Julian Cavendish avanzaban por la pantalla con una frialdad matemática que me congeló la saliva en la boca. Julian no estaba negociando; estaba ejecutando un secuestro de activos familiares en Ginebra para recordarm