Narra: Amelia
El silencio que siguió a las palabras de Julian era tan denso que podía oír con nitidez el goteo constante del condensador de agua en el fondo del invernadero. Cada gota golpeaba la estructura de metal como el segundero de un reloj que contaba los últimos instantes de mi vida tal como la conocía hasta ahora. A un lado, Julian Cavendish me ofrecía una salida inmediata bañada en oro y justicia legal; al otro, Alexander me sujetaba con una desesperación física que se sentía como una c