En el hospital, Brenda pasó la tarde entera aprendiendo lo básico: cómo inyectar a pacientes leves, cómo atenderlos, cómo moverse sin estorbar entre camillas, sábanas, monitores y el ir y venir frenético del personal. Fue, sorprendentemente, una tarde productiva.
Sin embargo, cada tanto, sentía ese pinchazo incómodo en la nuca: miradas. Pacientes que fruncían el ceño. Enfermeros que murmuraban. Doctores que la observaban como si su sola presencia arrastrara una sombra de peligro.
Y Brenda sabía