Era temprano y, como casi todas las mañanas, James conducía a la joven señora Walker a su compromiso en la iglesia. El cielo aún conservaba tonos azulados de madrugada y el sol empezaba a asomar; las calles estaban desiertas.
James había notado que, aquella mañana, su joven patrona estaba aún más triste. El semblante abatido, los ojos opacos y unas pequeñas ojeras delataban una noche mal dormida. Aun así, mantuvo su postura serena al entrar en el coche, saludándolo con la misma educación de siem