—John... —susurró, jadeando.
Su mirada, antes perdida, se volvió gélida.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con voz baja y cortante.
—Yo... estaba preparando el café —respondió ella, confundida, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
— ¿Por qué cantabas?
— Me gusta cantar... —murmuró, casi inaudible.
Él la miró fijamente por un instante y luego dijo con frialdad:
— No cantes. —Las palabras sonaron como una sentencia—. No quiero oírte cantar. ¿Entendido?
Elizabeth asintió con un li