Al día siguiente, un domingo soleado, la mansión Walker despertó con sonidos de vida. El aroma del pan recién horneado y el café se extendía por la cocina. Los niños bajaron corriendo las escaleras, todavía en pijama, riendo y discutiendo quién se sentaría primero a la mesa.
Elizabeth, con un vestido ligero, preparaba los platos con la ayuda de Mary, que insistía en poner flores en el centro de la mesa. John entró poco después, ya sin la rigidez de la semana laboral, con vaqueros y la camisa do