CAPÍTULO CIENTO SESENTA Y UNO
Todos en la mesa se habían quedado en silencio, cuando Aiden se ausentó.
Los minutos a Em se le hicieron eterno, pero de pronto todo desapareció en el momento justo que inspiró el aroma amaderado del perfume de su esposo. Un nudo de nervios se acentuó en su estómago al sentir el calor de él, cuando se paró a su lado.
—Ahí está —anunció Aiden tendiéndole la carpeta sobre la mesa, frente a ella—. Esta propiedad es tu casa, Em. Solo tuya. Esta completamente pagada, ya