CAPÍTULO CIENTO NUEVE
—Son mis hijos y los quiero criar también, por eso necesito que vuelvas a Sídney conmigo —sentenció Aiden tan seguro que a Emily le dieron ganas de vomitar.
Ella se levantó de aquel banquillo de madera y le dio la espalda a Aiden. Jugó con uno de sus anillos y se mordió el labio inferior con mucha fuerza. Luego observó de reojos a sus pequeños que no dejaban de sonreír mirando un mundo que ellos no conocían… un mundo lejos de la maldad.
«¿Y si Aiden peleaba su custodia?»
«