Tras aquella discusión, Amelia entró a casa e hizo lo que dijo, se dirigió a su antigua habitación y se recostó en su antigua cama, sintió que ya no podía más.
La fuerza con la que enfrento a Luciano se había esfumado y las lágrimas mezcladas con rabia se habían ido, ahora solo sentía puro dolor y tristeza.
Por largo rato lloró, en su cabeza no cabía la idea de las cosas tan hirientes que había dicho aquel hombre, ¿Cómo podría ser? ¿Cómo un padre puede no amar a su propia hija? ¿Cómo?
Aunque, siendo completamente honesta, no tenía que ir muy lejos, ella era el claro ejemplo de cuando a los padres no les interesas y, al final, te olvidan.
Ella jamás había conocido a su padre, nunca supo quién fue, ni su tía abuela supo decirle quién había sido, luego, estaba su madre, quien un día solo la encargó, se fue lejos y nunca más volvió.
Su tía abuela en ese momento, se convirtió en abuela, madre y padre a la vez, ella solo tenía dos años y esa mujer la adoptó como suya, tal como ella ahora est