Tras casi cuatro horas de viaje, Luciano y Amelia llegaron a Milos; luego de llegar, se dirigieron a un hotel muy íntimo que instaba al descanso.
El vaivén de las olas le daba a Amelia la sensación de estar en casa; la oscuridad no dejaba admirar muy bien el mar frente a ellos, pero era seguro que estaba ahí, acompañándolos en uno de los días más importantes de su vida.
—¿En qué piensas? —preguntó Luciano rodeando la cintura de Amelia.
—En todo y nada a la vez… —dijo Amelia sintiendo como la cal