Luego de aquella larga charla, Luciano y Massimo caminaron y subieron hasta donde estaba la casa; Massimo se quedó parado a la orilla de aquel acantilado.
Era de noche; las olas que chocaban con la orilla de la playa le regalaban una extraña pero maravillosa sensación de tranquilidad.
—¿Piensas quedarte ahí toda la noche? —preguntó Luciano posando su mano en el hombro de su padre.
—No, no, vamos dentro…
—Si gustas, puedes quedarte a dormir. —dijo Luciano observando cómo su padre no quitaba l