Isabella se separó de Lorenzo con una brusquedad que lo hizo tambalearse en el sofá. Se alisó el vestido negro con manos temblorosas, intentando recuperar una dignidad que sentía desparramada por el suelo.
—Vete, Lorenzo —dijo, con una voz que recuperó su filo, aunque sonaba quebrada—. La función terminó. Vete de mi casa.
Lorenzo la miró con una ceja alzada, limpiándose el resto de labial rojo de la comisura de los labios. Se puso en pie, lanzando una mirada burlona a Pablo, que seguía de espal