El ambiente en el salón privado se había vuelto denso, cargado de un erotismo tóxico que buscaba humillar tanto como satisfacer. Isabella, con la mente nublada por el vino y la rabia, había cruzado una línea de no retorno. Estaba sentada a horcajadas sobre Lorenzo en uno de los sofás de cuero, con las piernas envueltas alrededor de su cintura mientras él, con las manos subiendo descaradamente por sus muslos, le devoraba el cuello.
Pablo estaba a menos de tres metros, de pie, con las manos entre