La mansión Greco se había convertido en un mausoleo. El aire en los pasillos pesaba más de lo normal y el personal caminaba de puntillas, temiendo que cualquier ruido desatara la furia del patriarca o el llanto de la princesa caída.
Isabella no solo se había encerrado bajo llave; se había encerrado dentro de sí misma. Habían pasado cuarenta y ocho horas desde el incidente en el gimnasio. No bajaba a las comidas, no respondía a las llamadas de Matheo y, para desesperación de Pablo, ni siquiera a