—Anton, pasa, por favor —dijo Harris sin inmutarse.
Él asintió con rigidez y apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no estallar, en especial cuando Selena pasó junto a él para salir de la oficina, con una actitud de absoluta calma.
A Anton le hirvió la sangre al verlos.
—De ahora en adelante, te sugiero que te acostumbres a tocar antes de entrar —dijo Harris al sentarse tras el escritorio. La reprimenda fue tajante y burlona