Capítulo 30 — Verdades claras
El sonido metálico del monitor cardíaco llenaba la habitación con un ritmo constante, casi hipnótico. La luz blanca del hospital bañaba cada rincón, frío y despiadado como si quisiera arrancar cualquier sombra que se atreviera a posarse allí dentro. El olor a desinfectante era fuerte, casi irritante, y se mezclaba con el aroma tenue de las flores frescas que una enfermera había dejado en un jarrón en la mesa de noche de Anastasia. Aquellas flores las mandaba Dimitr