Capítulo 34 — Cicatrices invisibles
El tiempo en aquella mansión apartada corría con un ritmo distinto, como si los relojes se hubiesen detenido para permitirles sanar.
Anastasia comenzaba a recuperar sus fuerzas poco a poco, al punto de ya poder caminar sin marearse. El doctor que Oleg había asignado la revisaba cada mañana, tomando notas, ajustando la dieta, recordándole la importancia del descanso. Ahora su bandeja de alimentos no consistía en raciones pobres como las que le daban en el conv