YELENA
Me acerqué, ya estaba levantando los brazos, pero me detuvo con una mano en mi pecho.
—No deberías abrazarme así.
Parpadeé. —¿Así cómo?
Se miró a sí mismo. —Estoy sudando. Necesito refrescarme primero. No quiero manchar tu vestido.
Reí suavemente. —Puedes mancharlo. Me pondré la ropa de tu hermana. —Lo dije sin vergüenza. Siempre lo hacía.
Sus labios se crisparon, pero sus ojos permanecieron inmóviles. —Su ropa ya no está aquí.
—Ah —dije—. Entonces supongo que me quedaré así.
—No —dijo co