YELENA
Habían pasado dos semanas.
Dos semanas despertando sola.
Dos semanas yendo al trabajo, volviendo y sentada en una casa que se sentía demasiado silenciosa para alguien como yo.
Nyra venía a veces.
Pero no era como antes. No era como aquellas noches en que nos quedábamos dormidas en la misma habitación, hablando de nada hasta que el sueño nos vencía.
Ahora, venía… y se iba. Siempre se iba.
No me quejaba. No podía, porque sabía adónde iba, e incluso si no lo decía, lo veía venir.
La forma e