TRISTAN
No debía haber hecho eso.
En el momento en que le conté a Yelena lo que había hecho, lo supe. Lo vi en sus ojos; no era ira ni odio, sino pura decepción.
Esa mirada me ha oprimido desde ayer como una pesada piedra.
¡Mierda! La cagué.
Arruiné un momento íntimo que estaba compartiendo con su mejor amiga solo porque no pude controlar mis propias emociones. Creí que la estaba protegiendo. Eso me decía a mí mismo, pero en el fondo, sabía la verdad.
Estaba celoso.
Y los celos hacen que hasta