YELENA
Entonces me dirigí a su puerta.
Empujé la puerta lentamente.
La habitación ya no olía a ella.
Olía a vacío.
La cama estaba hecha. Demasiado pulcra. El pequeño espejo de su mesita de noche había desaparecido. La bufanda que siempre dejaba descuidadamente sobre la silla no estaba allí. La mitad de su armario estaba abierto como una boca que ya no tenía nada que decir.
Realmente se había ido.
Nyra me dejó.
Y no me lo dijo.
Las palabras seguían resonando en mi cabeza como un disco rayado.
Me