YELENA
Dios mío. ¿Cuándo había llegado?
¿Habrá escuchado todas mis quejas con Nyra? ¡Ay, Luna, espero que no!
Pero, ¡Dios mío, qué guapo estaba!
Debió de haberse duchado porque olía a fresco, limpio y salvaje. Llevaba pantalones cortos negros y una camiseta blanca sin mangas que se le ceñía al pecho. Su largo cabello negro estaba trenzado pulcramente hacia atrás, el estilo habitual que lo hacía parecer el pecado envuelto en calma.
—¿Con quién hablas?
Su voz, profunda y fría, me recorrió la espa