El silencio de la casa de los Carter solía ser sinónimo de elegancia y control. Ahora, ese mismo silencio era una bestia que me devoraba las entrañas. Me quedé allí, de rodillas sobre la alfombra que aún conservaba el calor de los juegos de mis hijos, sintiendo cómo el peso de mi propio cuerpo se convertía en una carga insoportable. David estaba frente a mí, una torre de juicio y dolor, mirándome no como al exitoso empresario que el mundo admiraba, sino como a un traidor que acababa de demoler