La primera semana en Lyon se sintió como una vida entera. El aire de la villa ya no olía a hospital ni a miedo, sino a caoba, a lavanda y a un futuro que, por primera vez, yo estaba escribiendo con mi propio pulso. Mi transformación física —mi cabello corto, mis trajes de líneas afiladas— solo era el envoltorio. Por dentro, la Alice que solía pedir permiso para respirar estaba siendo enterrada bajo capas de realismo y una sed de justicia que me mantenía despierta por las noches.
Liam se había c