El aire acondicionado de la sala de juntas del Centro de Investigaciones Miller zumbaba con una monotonía quirúrgica, pero no lograba enfriar la tensión que emanaba de los doce hombres sentados a la mesa de caoba. Para ellos, yo era una anomalía. Me miraban con una mezcla de desconcierto y un desdén mal disimulado; en sus mentes, yo seguía siendo la "pobre Alice", la artista frágil de alma quebradiza que se había desmoronado bajo el escándalo en Boston.
A mi lado, mi padre, David, permanecía co