Leonardo, aún tomado de la mano de Isabella, la miró con una mezcla de calma y deseo. Sus ojos seguían fijos en ella, como si tratara de memorizar cada rasgo de su rostro bajo la cálida luz del recibidor.
— ¿Nos vamos? —preguntó con voz suave.
—Claro —respondió Isabella, dedicándole una sonrisa tierna—. Iré a buscar mi bolso.
Leonardo ascendió y la soltó con delicadeza. Isabella subió por la elegante escalera de la mansión, y su silueta desapareció lentamente al doblar hacia el pasillo que llev