Los pasillos del hospital estaban envueltos en un silencio apenas interrumpido por el suave pitido de las máquinas de monitoreo. Santamaría caminaba con paso firme, pero con el rostro marcado por la tensión. Sus ojos, oscuros y hundidos, reflejaban una mezcla de preocupación y culpa que lo acompañaba desde la noche anterior.
Se detuvo frente al área de información y se dirigió a una de las enfermeras con voz grave.
—Disculpe… ¿Podría decirme cómo sigue el señor Leonardo Montiel?
La enfermera, j