(Diogo)
El bar estaba lleno, pero yo me sentía solo.
La luz tenue, el olor a alcohol mezclado con fritura y el sonido apagado de las conversaciones no ayudaban a quitarme el peso de la cabeza. Respiré hondo, apoyando los codos en la barra de madera rayada.
La botella casi vacía delante de mí parecía un reflejo de lo que sentía por dentro: medio vacío, medio aturdido.
Y entonces el móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta.
Lo cogí pensando que era algo del trabajo, o tal vez otra notificación c