Me desperté con la luz tenue que se colaba por las rendijas de la cortina. Parpadeé despacio, sintiendo el peso de la mala noche en mis ojos. Me incorporé en la cama y respiré hondo, llevando la mano a mi vientre aún discreto.
Sonreí levemente, con ese cariño tonto que solo una madre puede sentir aun sin conocer todavía la carita de su hijo.
—Buenos días, mi amor... —murmuré bajito, casi en un susurro—. ¿Tienes hambre, eh?
Me estiré despacio y me levanté, yendo directa a la ducha. El agua templ