El tiempo parecía haberse desacelerado allí dentro.
Ya debían haber pasado unas dos horas desde que llegué a esa maldita clínica, y Enzo seguía sedado. El aire se sentía más pesado y yo notaba mi cuerpo inquieto, como si algo estuviera mal.
Me levanté decidida y fui hacia la recepción. El mismo chico de antes seguía allí, con esa cara de quien no se preocupa por nada.
—Hola… ¿sabes cómo está Enzo? —pregunté.
Él se encogió de hombros sin siquiera mirarme.
—No lo sé.
Rodé los ojos, ya sin pacienci