Mis dedos todavía temblaban al sujetar el arma escondida detrás del cuerpo. La cuerda suelta, pero firme en mi mano, daba la impresión de que seguía atada. El corazón parecía querer atravesarme el pecho de lo fuerte que latía. Respiré hondo, intentando no demostrar nada, intentando sujetar la rabia y el miedo en el mismo sitio. Había pensado en algo… quizá no sirviera de nada, quizá fuera algo que Enrique ya hubiese superado, pero al menos necesitaba desestabilizarlos.
La puerta chirrió, y mi c