Me tumbé boca abajo en la camilla, soltando un suspiro de gusto cuando sentí las manos de Graciele empezar a trabajar en mi espalda. De verdad, tenía manos de ángel, no había otra explicación. La música suave llenaba el ambiente, llevándome a un estado casi de sueño, hasta que oí que alguien decía mi nombre.
Levanté un poco la cabeza y sonreí al ver a Thais quitándose la bata y acomodándose en la camilla de al lado.
—Hola, qué alegría verte por aquí —dije, sorprendida de forma agradable.
Ella m