Llegué frente a la empresa con ese cosquilleo en el estómago que solo empeoraba cuanto más miraba hacia arriba. El edificio era grande, moderno, imponente… y, sinceramente, bastante intimidante.
Respiré hondo antes de entrar. Era como si estuviera a punto de colarme en un mundo que no era el mío… y, la verdad, no lo era.
Nada más pisar la recepción, me recibió una mujer sonriente, con un vestido beige elegante y unas gafas cuadradas que combinaban perfectamente con el moño impecable en la parte