Me quedé paralizada, con los ojos muy abiertos, sin creer lo que acababa de decirme. Las palabras no me salieron en ese momento; solo sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Lentamente, asentí y abracé a Lucas con fuerza.
—Sí, cariño… puedes llamarme mamá —susurré, sintiendo que el corazón me explotaba de amor.
Sonrió, me devolvió el abrazo y luego dijo, como si fuera lo más normal del mundo:
—Y te vas a casar con mi papá, ¿verdad? Eres tan buena… por eso eres la mamá de mi corazón.
Sentí una emoción profunda y le acaricié el pelo suave, luchando por contener las lágrimas.
—Sí, Lucas… soy la mamá de tu corazón. Voy a cuidarte con todo el amor del mundo, a mimarte, a regañarte cuando haga falta… pero siempre a quererte muchísimo.
Me aparté un poco y lo miré sonriendo.
—Buenas noches, hijo mío.
Él me sonrió, se tumbó y se tapó.
—Buenas noches, mamá —dijo, y sentí que el pecho casi me estallaba de amor.
Me quedé allí observándolo un instante, limpiándome las lágrimas y respirando