Camino rápidamente dejando al tarado de Paolo ahí parado mientras se toca la mejilla. No puedo creerlo, soy una idiota. ¿Cómo pude creerle que había cambiado? Pero me equivoqué, siempre me equivoco con él. Me paro en una esquina y me siento dejando que las lágrimas broten, dejando salir todo mi dolor, hasta que siento unas manos acariciar mi espalda, así que rápidamente me levanto y veo quién es.
- ¡No llores, ángel! ¿Vamos a casa, mi ángel? - ¡Idiota, eso es lo que es!
- ¡No! Yo contigo no vo