Bajo del auto apenas llego a la tienda, mi amiga me está esperando con una gran sonrisa.
- ¡Mia! - se tira encima de mí, haciendo que suelte un gemido de dolor.
- Oye, tranquila, aún me duele.
- ¡Oh, por Dios, lo siento, Mia! - nos sentamos en una salita y pedimos un café.
- Bueno, cuéntame, ¿cómo van las cosas, Paolo? - doy un suspiro y hago cara de frustración.
- Por lo que veo, algo pasó.
- Amiga, todo iba bien hasta el día de hoy. Salí con un camisón porque pensé que no había nadie en