—No abras la puerta, quédate aquí —rogó Miguel Ángel con nostalgia.
Por un momento Cindy estuvo tentada de ceder a su petición, pero el timbre volvió a sonar, esta vez con más energía, y de mala gana se separó de él.
—Voy a ver quién es, ya vuelvo.
Se zafó de él y se dirigió a la puerta, miró por la mirilla y se quedó helada.
En la puerta estaba su madre, y como si eso no fuera suficiente, detrás de ella estaba la señora Atkins con una sonrisa de curiosidad.
—¿Cindy? —llamó Miguel Ángel su