—¡Matías es mi hijo! ¡Lo quieras o no es mi hijo! Y no me lo quitarás —sentenció Felipe con furia, y odio.
La mujer sonrió, feliz de como el hombre perdía los estribos.
—Si quieres que me detenga, aún hay cosas que puedes hacer para evitar este escándalo.
Felipe frunció el ceño confuso.
—¿Qué es lo que quieres, Sarah?
La mujer cruzó las manos, las puso sobre la mano, y empujó su cuerpo hacia adelante, para estar más cerca.
—Divórciate de Anne, déjala, toma a mi hijo, y volvamos a Nueva Yor