La casa estaba en silencio, salvo por el leve tic-tac del reloj en la pared del pasillo. Valeska caminó con pasos suaves, descalza, arrastrando la bata de satén que le cubría hasta los tobillos. La tela se deslizaba como un susurro contra el piso de madera mientras empujaba la puerta del cuarto de Adrián y se deslizaba dentro, guiada más por el instinto que por la costumbre.
El aire estaba perfumado con esa mezcla tenue de crema para bebé, loción de lavanda y algo más… el olor de su hijo, de su