¡Qué vergüenza! Finalmente, Daniel la ayudó a atravesar la multitud hasta el borde exterior, donde por fin nadie la empujaba.
—Uff... —Lucía suspiró aliviada, pero al levantar la vista, se encontró inesperadamente con la mirada divertida del hombre.
—Lo siento, profesor... yo...
Daniel señaló su mejilla: —Se te ha pegado el pelo.
—¿Eh?
Lucía levantó la mano instintivamente, pero no encontró el mechón. Daniel terminó ayudándola y, aunque fue muy cuidadoso, sus dedos inevitablemente rozaron la sua