Cuanto más lo pensaba, más se enfadaba, ¡y cuanto más se enfadaba, más ganas tenía de salir!
—¡Erik! —llamó Mercedes al chofer—. Prepárate, en veinte minutos quiero salir.
—Sí, señora.
Mercedes subió a cambiarse y se maquilló. El chofer ya estaba esperando cuando ella se sentó en el auto.
—Vamos.
Tal como esperaban, antes de que el auto saliera por el portón, ya se podía ver a madre e hijo apostados junto a la reja, uno a cada lado, como dos demonios guardianes.
—Señora, estas personas siempre e