La cara de asombro de Lucía tenía toda la razón de ser.
Y es que, para empezar, Daniel siempre andaba metido en el laboratorio a esa hora, tan ocupado que era rarísimo verlo en cualquier otro lugar.
Pero ahí estaba, jugando ajedrez con su padre Sergio, y para colmo tenían abierto ese famoso "diario calendario" que tanto mencionaban.
Los dos parecían dos viejos amigos que recién se encontraban, charlando como si se conocieran de toda la vida.
—¡Luci! Ya llegaste —dijo Sergio al oír la puerta.
La