Era evidente que Lucía acababa de despertar, vestida con un pijama de ositos y con los ojos aún algo enrojecidos.
Bostezó, moviéndose lentamente, con reflejos más lentos que de costumbre.
—¿Te desperté? —preguntó Daniel, sabiendo que el viejo edificio tenía mala insonorización y que a menudo se podían oír los pasos en el pasillo incluso con las puertas cerradas.
Lucía se frotó los ojos y negó con la cabeza: —Ya me iba a levantar de todos modos, son las seis y media.
Tenía que acompañar a Victori