—Con el huerto, las gallinas y los peces, ¡tendremos suficiente comida para toda la familia!
—Vaya, ¿están de mudanza? —Alba se paró en la entrada del jardín, cruzada de brazos, con una sonrisa burlona.
Sergio, ocupado cavando la tierra, ni se molestó en responderle.
Carolina, que estaba dentro de la casa, al oír su voz retiró inmediatamente el pie que ya había puesto fuera.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
Alba hizo una mueca —¿De qué presumen? Si los estoy echando...
—¡Alba! ¿Vas al mer