—¡Mátala! —ordenó Daniela con una frialdad que no dejaba lugar a dudas—. Quiero que Miranda desaparezca para siempre. Y si haces bien tu trabajo, te daré mucho dinero.
El jefe de guardias la observó en silencio.
Durante unos segundos no dijo nada. Solo la miró, intentando comprender hasta dónde podía llegar aquella mujer.
Pero en sus ojos apareció una ambición oscura.
Dinero. Poder.
Una oportunidad que jamás había imaginado tener.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Yo lo haré —respondió f