Joaquín permaneció inmóvil en medio de la funeraria, incapaz de reaccionar.
El ardor de la bofetada seguía quemándole la mejilla, pero aquel dolor físico era insignificante comparado con el que acababa de instalarse en su pecho.
Levantó lentamente la vista.
Miranda seguía frente a él.
Tenía los ojos completamente enrojecidos, el rostro cubierto de lágrimas y una expresión tan llena de decepción que apenas pudo reconocer a la mujer de la que se había enamorado.
Aquellas dos palabras aún resonaban